En la luz de la palabra

Ediciones Vigilias
Neuquén 2009

Comentarios

La relación entre la luz y la palabra es una vieja historia, acaso un eterno andar de amor, con toda las luminarias y las sombras que el amor crea. En el “Génesis” (I, 3) se dice que Dios, en plena creación y por vez primera hablante, dijo: ¡Que la luz sea! Y la luz fue. En su “Comentario al Génesis”, San Agustín se asombraba:¿En qué lengua resonó esa voz cuando Dios dijo: ¡Que la luz sea!?, porque, con plena justicia, razonaba: aún no había diversidad de lenguas, la cual sólo dio comienzo tras el Diluvio, al construirse la Torre [de Babel]. El mismo santo se respondía que no podía tratarse de un sonido material.

Digamos que esa lúcida voz no era la lengua, sino el habla, y el habla en estado de creación, o sea, de poesía, que no es el hacer, sino el crear, más íntimo de la voz que de las palabras, más cerca de la garganta que de los labios, también más próximo del silencio que del decir. Sólo así, hecha luz, la palabra podía iluminar.

Rescatar la luz de la palabra es trabajo del poeta, cuando, carnal y terrenal creador, en cada poema subvierte la lengua y rescata el habla, a pesar de que la diversidad de lenguas signase el desentendimiento humano que culminó el primer asalto al cielo. Hoy, la mítica Torre se desmorona cada vez más despiadada, hasta levantar un muro no sólo entre el hombre y su prójimo, sino de piedra sobre piedra entre cada hombre y sí mismo.

En la luz de la palabra, de Pablo Montanaro, renueva la génesis del más antiguo sueño de la humanidad: “el lugar en que aguarda la belleza/ donde el futuro será celebración”. Si crear es el primer paso de creer, la luz de la palabra –un sonido material– es la palabra de la luz. Abramos el libro y contemplémosnos, hasta rozar una vez más el soñado cielo: nuestros “rostros de infinita libertad”.

Alberto Szpunberg

La frescura de una poesía luminosa

Hay momento en que una pequeña palabra hace temblar una gran montaña, momentos donde la simplicidad de la poesía se transforma en una bella y profunda verdad.

Al iniciar el viaje por “en la luz de la palabra” de Pablo Montanaro uno comienza a sentir la calidez de la palabra, su forma precisa y simple, los poemas de este libro se sienten sinceros, se palpan verdaderos, por esa luz de la que nos habla el titulo se escapa la claridad del mensaje.

Hace unos días leía una nota al poeta nicaragüense Ernesto Cardenal donde él decía sobre los poemas que se escriben actualmente “Exactamente. Son herméticos y no se entiende ni es para entender, y por lo tanto no es para interesar a la población. Yo siempre quise hacer una poesía que se entendiera y que comunicara (1)”. En este libro de Pablo Montanaro puede encontrarse lo que tanto pide Cardenal claridad y mensaje. El libro dice, engatusa, seduce pero por sobre todo tiene ese aroma de palabra fresca que tanto cuesta encontrar entre tanta poesía que camina por las calles.

El libro está dividido en tres partes, “en la luz de la palabra”, “bajo el crepúsculo” y nuevamente “en la luz de la palabra”.

En los poemas hay un roce continuo con el tiempo “escucho la música/como un paisaje sedoso/y el murmullo infinito/de las expresiones de una edad (2)”. Esa edad es lo que paso, lo que fue y ya no volverá a ser, edad y tiempo como sinónimos de poesía donde puede vislumbrarse cierto grito existencial.

Hay imágenes hermosas en los versos de este poemario un pequeño ejemplo de ello es este fragmento “placer del verbo/donde descansa/el espacio de una caricia (3)”.El verbo ya se sabe es la acción, esta acción puede consumarse por un hecho carnal, o tal vez por la realización de un emprendimiento, y el espacio para esa caricia podría hallarse en la piel de una mujer o en la frente del poeta, como sea la poesía debe ser un disparador de ideas y en estas líneas uno puede viajar a mil mundos distintos.

Para romper el silencio y que esta osadía valga la pena hacen falta palabras, pero no palabras superficiales, palabras gastadas por el uso, sino esas palabras o palabritas que parecen recién nacidas, que tienen el don de tocar algo y rebautizarlo con su aroma “se deslizan los secretos/y nadie bebe del silencio/una fragilidad condenada/un lugar donde el azar nos salve/ o ilumine lo que somos (4)”. La imagen que deja esta cadena de palabras estos versos es luminosa, acaso son dos cuerpos escondidos del mundo, rogando que ese silencio no se acabe, para que de alguna manera se salve eso que el poeta tienen entre sus dedos, ese secreto de saber decir la palabra, de saber recrearla, de unir el sentimiento, la imagen y la palabra.

En la luz de la palabra se encuentra la voz clara y potente de un poeta luminoso, de un poeta que compromete su palabra con la acción y el simple hecho de hilar pacientemente cada letra con su destino.

Federico Espinosa
Neuquén 1 de Octubre de 2013

Notas

(1) Nota de la periodista Silvina Friera en Pagina/12
(2) Fragmento del poema “todo puede ser verdad
(3) Fragmento del poema “señales”
(4) Fragmento del poema “brisas en la medianoche”

Senderos de las palabras

La relación entre luz y palabra pareciera haber sido signada por una reciprocidad histórica. Ya lo adelanta en el maravilloso prólogo de En la luz de la palabra el escritor Alberto Szpumberg, cuando cita la frase que Dios habría dicho al darle vida al mundo, al darle apertura al universo del lenguaje: “¡Que la luz sea!”. Y la luz fue y San Agustìn también se preguntó “en qué lengua habría resonado esa voz cuando aún no había lenguas (…)”.

Es esa relación de luz/palabra y también la de palabra/vida la que Pablo Montanaro, como poeta, pretende desandar. Su destino se convierte, ineludiblemente, en un ir y venir por el pasado y el presente de un yo poético que recuerda, añora y reconoce la oscuridad, pero elige un presente luminoso signado por la palabra consciente. Así, el recorrido que el autor propone en En la luz de la palabra conlleva una musicalidad del pasaje de la luz a la oscuridad, y la vuelta a la luz, de una forma natural.

La primera parte de la producción consta de 9 poemas entre los que se destacan Semejanzas, que se cuestiona el peso de la palabra en los contextos y pareciera asignarles un rol de “condimento” de la vida; y Cotidianas, en el que dos partes reflexionan sobre la luz del amor.

La segunda parte, Bajo el Crepúsculo, rodeada de luz por donde se la mire, es un pequeño segmento compuesto por 7 poemas que, como las mejores canciones, concentra la tensión lírica más fuerte del libro. Es en este momento donde la palabra se vuelve noche, recuerdo y transmuta en infinitas formas de nombrar el mundo.

De ésta, una sección donde el fuerte está basado en lo que se podría denominar la paliza previa a la tranquilidad, se destacan Verdades y Bajo la lámpara. Es decir, Montanaro nos acerca a las superficies para luego arrematar con nuevos destellos de luz. La duda, los porqués, el deseo, las palabras, el placer, la lucha contra el olvido, la verdad relativa, los supuestos filosóficos intocables; todo es cuestionado, repensado desde un sujeto que intenta observar las partes del todo.

El último tirón nos adentra a diferentes modos de ver la claridad como búsqueda de calma. Es en este momento cuando el poeta, ya más fuerte, encuentra la paz. Conmueve Últimos Soles, un poema al padre inconmensurable de la luz: el sol; enamora De profundis –poema que obtuvo el primer premio en la décima edición del certamen “Alhoja de Oro” de poesía de Sevilla, España (2002)- y corona En la luz de la palabra, poema homónimo y quizás englobador del espíritu total del libro.

Allí, el autor plantea: “En la luz de la palabra/ se contemplan rostros/ de infinita libertad. En ella anida la creencia del verbo/ el lugar en que aguarda la belleza/ donde el futuro será celebración.”

El poeta se eterniza en la palabra, encuentra el sentido de su uso y plantea un futuro esperanzador para quién sea consciente de su poder. La obra llega para renovar una relación que es histórica: a la vez que le da palabra al mundo, ilumina a esos conjuntos de letras para poder nombrar las cosas, desde el conocimiento de un poeta carnal y terrenal que rescata la lengua, la transforma y crea muchos mundos posibles.

Guillermina Watkins
Agencia NAN, número 11, abril de 2011.

Pablo Montanaro

Sobre Pablo Montanaro

Pablo Javier Montanaro nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, el 3 de julio de 1964. Desde fines de mayo de 2004 reside en la ciudad de Neuquén.
Leer más...

Últimos trabajos

Contactarse

Volver a arriba