Cortázar de la experiencia histórica a la revolución

Homo Sapiens Ediciones
Rosario, 2001

Este libro reúne las opiniones y reflexiones del escritor argentino Julio Cortázar a partir de su descubrimiento de la realidad de América Latina en los comienzos de la década del ’60. El recorrido propuesto por Montanaro

para presentar al Cortázar del compromiso se inicia con la irrupción de la Revolución Cubana, en enero de 1959, extendiéndose el apoyo a las causas sociales y revolucionarias de Chile, en la década del ’70, y de Nicaragua, en los años ‘80.

La Revolución Cubana representa en Cortázar su experiencia indeleble y un eje que trazará un cambio fundante y causante respecto a su mirada del mundo y, por ende, en su actividad como escritor e intelectual.

De este modo Cortázar se planteó y sostuvo un compromiso reconocidamente libre, desplegado de múltiples formas: viajes, conferencias, debates, entrevistas, cartas, críticas, denuncias, solidaridad con movimientos de derechos humanos, y que este libro recoge.

Comentarios

Puente hacia la esperanza revolucionaria

Todos conocemos textos, discursos y mensajes que cumplen admirablemente esa misión de llevar a nuestro pueblos una verdad cargada de vida y de futuro; pero a cambio de algo que todavía sigue siendo una excepción, ¡cuánta retórica, cuánta repetición, cuánta monotonía, cuánto slogan gastado! ¡Qué poco revolucionario suele ser el lenguaje de los revolucionarios!”, dice, con enorme claridad, Julio Cortázar en el Primer Encuentro de Intelectuales realizado en La Habana, en 1981.

Claro que, para arribar a estos planteos, Cortázar antes tuvo que transitar el difícil camino que separa al escritor “sometido a una visión individualista del mundo y la literatura” del intelectual que descubre, de golpe, la necesidad de “estar ligado de alguna manera al destino de nuestros pueblos”. En ese pasaje, escribe Pablo Montanaro en Cortázar de la experiencia histórica a la Revolución (Homo Sapiens, 2001), la Revolución Cubana actuó como la bisagra que le permitió al autor de Casa tomada asumir la literatura desde otra perspectiva.

Es “probable -sostiene Montanaro- que anduviera con sumo cuidado para que lo político no demoliera su campo estético, su espacio literario. Por ello creía en la posibilidad de realizar una fusión”. Además, “explicaba que sus novelas acusan una especie de evolución histórica del escritor: el puente que va de la indiferencia a la primera preocupación metafísica, personal y, posteriormente, el salto a la preocupación histórica y, por ende, su responsabilidad”. A través de numerosas cartas, entrevistas y discursos, Montanaro reconstruye las estaciones de ese puente cortazariano hacia la esperanza revolucionaria, su apoyo incondicional a los cubanos y a la lucha latinoamericana y su afirmación en la dimensión literaria y la libertad estética. Porque para Cortázar no se va a tratar de responder mecánicamente a “obligaciones socialistas entendidas como a prioris pragmáticos”, sino de ejercer el oficio de escritor desde el compromiso con la causa de los pueblos.

Natalia Vinelli
Rebelión, 5 junio de 2002.

Este libro, más que dedicarse a la relación literatura y realidad social, se acantona en las opciones políticas y en los testimonios de ese Cortázar, quien pasa de la indiferencia a la toma de partido más firme con la causa cubana, hasta el final de su vida. Por eso, el poeta y periodista Montanaro prefiere ignorar o, mejor, desplazar, de su estudio al narrador de relatos fantásticos (como los de Bestiario), y no se propone examinar la compleja estructura narrativa de Rayuela ni los finos ensayos sobre literatura. Más que un análisis especulativo este texto se desliza por la descripción de actitudes (con fechas y dichos) y la paráfrasis de algunos textos, sobre todo de la novela política Libro de Manuel (1973), así como documentos particulares divulgados en la revista Casa de las Américas o en un manojo de entrevistas. Eso, a lo largo de cinco pequeños capítulos escritos desde la emocionada y algo cándida doble admiración: al escritor argentino y al fenómeno revolucionario. En el sexto, y último, hay una pequeña estampa de la relación entre Cortázar y el poeta cubano José Lezama Lima. Además se puede encontrar un anexo con fotografías y reproducciones de entrevistas tomadas de la prensa periódica porteña. Una bibliografía final da cuenta con lealtad de las fuentes empleadas.

El País Cultural
Nro. 642, Uruguay, 22 de febrero 2002.

“Mi ametralladora es la literatura”

El periodista y poeta Pablo Montanaro reúne sus capacidades de lectura, interpretación y escritura en un ensayo esclarecedor. A partir del enunciado de Hegel, “en el desarrollo de cada pueblo, llega un momento en que el arte no basta”, indaga en el itinerario ideológico de Julio Cortázar a partir de su descubrimiento de la realidad de América Latina -revolución cubana mediante- a principios de los años ’60.

Apoyado en un excelente material documental, Montanaro muestra cómo el autor de Rayuela, va extendiendo su apoyo a las causas sociales y revolucionarias de Chile, en los ’70, y Nicaragua en los ’80. El periodista dedica un capítulo especial a la relación de Cortázar con Ernesto “Che” Guevara y transcribe un poema que el escritor argentino le dedicó al líder de la revolución cubana apenas veinte días después de su asesinato en la Quebrada del Yuro, en Bolivia, el 7 de octubre de 1967.

Numerosísimos párrafos de textos sueltos, cartas, telegramas, discursos, entrevistas periodísticas, artículos, charlas con allegados a Cortázar y un estupendo apéndice de fotos ilustran y amplían en Cortázar: De la experiencia histórica a la Revolución cada uno de los momentos de compromiso, agobio, alegría, temor y valor políticos que el gran cronopio va experimentando a lo largo de su vida.

Una mención especial merece el capítulo “El compromiso político del escritor” porque Montanaro sigue uno a uno los pasos, cambios, convicciones y correcciones de Cortázar -y de los escritores de su entorno- en este tema que fue candente en los años ’70.

Con buena prosa, Montanaro compone un excelente retrato político de uno de los más grandes escritores argentinos de los tiempos.

Patricia Rodón
Suplemento El Altillo
Diario Uno, Mendoza, 16 de diciembre de 2001.

La poesía de la revolución

Sobre la actuación política de Julio Cortázar indaga este hermoso y necesario trabajo de Pablo Montanaro, pero más que eso: da argumentos sólidos sobre el compromiso militante del escritor con la revolución latinoamericana. Cuando digo “compromiso militante con la revolución” estoy queriendo decir precisamente eso y no la pose más o menos consecuente con la política y la historia de un intelectual de tinte contestatario. En tiempos de progresismos a la defensiva, que caminan para atrás, darles voz a la pluma y la acción revolucionarias de Cortázar sitúa nuevamente a la literatura en un rol fundamental a la hora de la construcción y desarrollo de un pensamiento y un discurso contrahegemónicos que acompañen a las clases rebeldes de la historia en su tarea por tomar el poder para cambiar la vida.

También, me refiero a la constante y sonante voluntad intelectual de Julio Cortázar respecto de no postergar sus méritos estéticos en pos de lograr mayores éxitos políticos. La obra del genial escritor (y no sólo su discurso político consciente) demuestra que la poesía es la novia de la revolución y que juntos transitan el mismo camino de rebeldía y de belleza. Además, el libro de Montanaro nos convence a todos acerca de la razón que tenía Cortázar cuando afirmaba que la lucha por la revolución no tiene por qué ser un quehacer tedioso, pesado, lleno de prejuicios, sino todo lo contrario. Cortázar juega, conversa, comparte con la revolución, y en los bellos párrafos y poemas suyos que salen de allí nos anima a quererla, a tomarla con confianza, a sentarla en nuestra mesa para hacer la amistad. Con Cortázar, la revolución no se conforma a padecer de malos escritores aunque buenos militantes: más bien obliga y exige a los escritores que se dicen comprometidos con la causa popular, a mejorar su estilo, a trabajar la destreza de su pluma, a extremar su fuego literario, para acompañar coherentemente el esfuerzo y la imaginación que se movilizan en un proceso revolucionario. En mi casa decían: “igualar para arriba”.

El libro evidencia el aporte revolucionario de Cortázar y la íntima relación que el escritor supo construir entre coherencia intelectual y militancia política. Echa luz sobre la defensa que el autor de Un tal Lucas hizo de la revolución ante los oportunistas del enemigo y también ante los sectarios, obsecuentes y ciegos amigos de la revolución. Ejemplos sobran: el alegato encendido de Cortázar en cuanto a la práctica desprejuiciada y libre de chalecos ideológicos que tiene que tener la literatura, incluso la de los escritores que defienden la revolución; la reivindicación del guerrillero Che Guevara en momentos en que su figura es severamente cuestionada por los burócratas de la izquierda, desde sus cómodos sillones en fundaciones y siglas. A pesar de ellos, contra ellos, Cortázar se dejó alumbrar por la estrella encendida del Che, en vez de ceder ante los críticos de pasiones finitas y oportunismos gordos que tildaron al comandante Guevara de “pequeño burgués aventurero y foquista” poco menos que loco.

A esta manifiesta valentía del escritor dedica Pablo Montanaro el capítulo tres del libro, que titula simplemente “Che Guevara, un hermano”. Allí el ensayista nos informa acerca de la admiración y el respeto de Cortázar por el legendario revolucionario. Hacia el final del capítulo, el autor recuerda un encuentro entre el escritor y el poeta Alberto Szpunberg en Barcelona, donde ambos coinciden con el Che en cuanto a que “todo revolucionario se mueve animado por grandes sentimientos de amor”. Seguidamente, Montanaro cita el pasaje en que Cortázar comenta a Szpunberg que “el Che era muy crítico, pero murió por optimismo, y solo, muy solo (…), y acá se abre otro tema: el de las traiciones”. Esta referencia hecha como al pasar, tiene sin embargo gran importancia: el tema que aborda no es para nada menor en el debate que embarcó a la izquierda tras la caída en combate del Che, debate que Cortázar no eludió ni postergó, posicionándose claramente en favor del guerrillero. Esta actitud militante, de comprometerse en la polémica y embarrarse tomando partido por una postura determinada, da prueba de su plena adhesión al campo revolucionario (no casual ni testimonial, mucho menos la resultante de una pose de moda entre los escritores del boom latinoamericano).

Aclaro desde ya que yo hubiera deseado que el libro profundizara en esta cuestión. El capítulo constituye el tramo más emotivo de todo el trabajo. Si lo que Montanaro buscó es dejarnos con el corazón en la garganta y la respiración en la saliva, hay que reconocerle eficacia en la labor. Acaso el autor del ensayo no haya querido expresar más explícitamente sus acuerdos con la consecuencia del Che en la lucha. Tal vez prefirió ahorrar en párrafos para alentar otras investigaciones que aclaren aún más la enérgica posición de Cortázar en la defensa del guerrillero y su firme adscripción a la versión humanista de la praxis marxista aportada por el Che. Pero sea lo que sea, lo queda en la boca y en los ojos rojos de rabia del lector, es un gusto de indignación y, en un mismo acto, de rebeldía. Lo exiguo del capítulo nos convoca a intervenir decididamente en las luchas que los pueblos mundiales libran con pasión y esperanza en continuación del sueño internacionalista del Che.

Otro de los temas en los que Montanaro no duda en nombrar la diferencia insalvable o hiato que separa a Cortázar de los intelectuales políticamente correctos, progresistas, pacatos, de amigable y dócil tono crítico, es la transcripción de documentos que prueban la valiente postura del escritor asumida durante el sonado “Caso Padilla”. Al revés de todos los que aprovecharon la polémica para castigar por izquierda al hondo proceso de transformación que se llevaba adelante en Cuba y subirse por el furgón al tren proimperialista, Cortázar se mantuvo firme en su apoyo decidido a la revolución. Aunque manifestando sus desacuerdos en voz alta, de frente, sin segundas intenciones, Cortázar se mostró incondicional a la gesta del pueblo y la dirigencia política cubanas y no lavó su sincero compromiso en el mar de condenas e hipócritas defensas de la “libertad de expresión”, la “libre conciencia” y el peso específico de la obra artística por sobre todas las cosas. Ante la puñalada por la espalda de los agrios críticos respondió con un poema generoso y extenso, que llamó “Policrítica en la hora de los chacales”, incluido en el trabajo de Montanaro, aunque en una versión simplificada. El incidente, como es costumbre, incluyó la típica cantinela de escenas tergiversadas en la prensa, entrevistas falsificadas, declaraciones sacadas de contexto; en fin: la repetida manipulación que permite la libertad de prensa en manos de los que comercian con la información subiendo o bajando la oferta de mentiras según la demanda que haya en el mercado de noticias.

(…)

Este imperdible trabajo de Montanaro trae al tapete cuestiones, temas, compromisos, muy pasados de moda entre la intelectualidad de izquierda, que últimamente ha decidido desensillar hasta que aclare y, mientras, entretener su tiempo útil criticando, difamando, exigiendo a otros lo que ellos no son capaces de hacer. O sea: esperan a que las masas metafísicas salgan a la calle a batirse a vida o muerte contra los poderosos, para recién después dar testimonios en cómodos artículos, notas editoriales, poemas, que ennoblezcan aún más la gesta popular, o la impugnen definitivamente con grandes argumentos de maestro ciruela, y de paso agranden su fama de escritores comprometidos y atentos, solidarios y críticos, en amargos tiempos de crisis social. La investigación de Montanaro me gusta porque pone el dedo en la llaga. No mira para el costado. Se hace cargo. Casi inocentemente, silbando bajito el ejemplo de Cortázar, Pablo Montanaro enciende repentinamente la luz y sorprende a muchos bienpensantes, circunspectos y timoratos intelectuales argentinos franeleando con la mucama quinceañera. En este muy oportuno libro, la profunda poesía de la revolución está más viva que siempre, tiene la sangre más palpitante que ninguna y nos convence a todos de que el pueblo, más temprano que nunca, va a ganar.

Demetrio Iramain
(Texto leído en la presentación del libro “Cortázar: de la experiencia histórica a la Revolución”, 23 de noviembre de 2001, en la Librería Galerna).

La vida política de un tal Julio

En Cortázar de la experiencia histórica a la Revolución, Pablo Montanaro dedica a la vida política del autor de Rayuela.

“Básicamente la idea era que hablara Cortázar”, explica Montanaro, más conocido por su trayectoria poética, excusándose por el grosor de éste, su segundo ensayo. El primero fue Palabra de Gelman, una compilación de entrevistas y notas al periodista y escritor argentino Juan Gelman publicadas en 1998 y que se suman a una trilogía “que pienso cerrar con una biografía sobre Paco Urondo, en una suerte de acercamiento a este fenómeno que reúne a la pasión por las letras y la revolución”.

Principalmente cartas, decenas de misivas enviadas a sus amigos y editores, entrevistas publicadas en diarios y revistas, debates político-literarios con figuras de la época, artículos críticos y fotos inéditas, son el corpus de este libro que muestra un costado ignorado del genial hombre de letras.

Montanaro consigue estructurar por medio de la investigación, ya sea a través del testimonio oral de historiadores como de material de archivo, una suerte de itinerario que parte desde el Buenos Aires del primer peronismo, en el que germina Casa tomada, hasta llegar a sus últimas odas a la revolución en Latinoamérica, de fuerte presencia en El libro de Manuel. Esbozado como un jugoso recorrido por casi tres décadas en la vida política del continente, Cortázar de la experiencia histórica a la Revolución se propone como un disparador para el debate acerca del rol de los intelectuales y la función del arte en las sociedades en desarrollo.

Fernanda González Cortiñas
(Rosario/12, 7 de noviembre de 2001)

Hasta la victoria, siempre

Montanaro muestra un Cortázar auténtico, un hombre comprometido con una causa que aprendió a amar a través de la propia experiencia; para ello se vale de entrevistas, discursos, cartas y otras fuentes donde el autor dejó plasmada su postura ideológica. El camino que lo llevó a esa “iluminación” (término acorde al budismo que estudiaba con interés) forma parte de cada una de sus palabras, las que no fueron escritas pero conforman un tomo más de su obra. Si muchas veces es necesario separar al escritor de sus posturas políticas, con Cortázar es imposible e injusto hacerlo. Si bien en su momento la Revolución gozó de mucha popularidad, pocos intelectuales se comprometieron tan profundamente. Participó activamente de los proyectos históricos de Cuba y Nicaragua, les dedicó cientos de páginas de sus libros, cedió los derechos de algunos de ellos a la causa, salió al cruce de todos los ataques que llovían desde Europa y mantuvo siempre una postura firme, sin abandonar la crítica constructiva, “fraternal”, como le gustaba nombrarla a pesar de que muchos de sus amigos no la entendían así. Estaba seguro de que el mundo no sería justo hasta tanto no finalizara la explotación del hombre por el hombre, y alrededor de esta premisa hizo girar su vida.

Hay un solo Cortázar. El que en 1951 huyó de Argentina asustado por el avance popular del peronismo, y el que en 1973 se ilusionaba con la posibilidad de que Cámpora llevara a su Argentina por un camino más justo. El devenir de esa conciencia está en sus libros y estuvo en sus actos. Pablo Montanaro armó un exhaustivo trabajo de recopilación y análisis que intenta mostrar a ese único Cortázar. Un escritor que, desde las palabras, llegó a la revolución del hombre. Un hombre que, en el recuerdo todavía espera.

Enzo Maqueira
Lea, número 19, noviembre de 2001.

Literatura y revolución

Desde el teclear sobre las viejas “Underwood” hasta la más suave pulsación actual en la computadora, inevitablemente el escritor dispara su artillería. Más allá de su voluntad consciente, sus temas, sus valoraciones -y aún sus omisiones- se insertan en las luchas de su época, especialmente cuando se trata de sociedades como las de América Latina donde el dolor y la injusticia son jaurías que andan sueltas por las calles.

De allí la responsabilidad del artista para evitar que su Belleza -al pretenderse ajena a los avatares de su época- adquiera la impavidez y la frialdad de la muerte.

Pablo Montanaro, que ha dado pruebas de su compromiso en la poesía y el ensayo, nos convoca en este libro a acompañar a Julio Cortázar en el periplo que va desde su Casa tomada, escrito en el Buenos Aires del viejo peronismo hasta su Libro de Manuel; del escritor que viviendo en América Latina ignoraba su drama, hasta el intelectual que desde París pudo latir al compás de las bregas revolucionarias de Nicaragua y Chile, y muy especialmente de la Cuba de Fidel Castro y el Che. Ese itinerario del Cortázar de sus últimos años -ajenos a los “monstruos sagrados” de la revista Sur- aparece en este libro como aporte fundamental de Montanaro para conocer al Cortázar del compromiso.

El desafío lo había resumido Homero Manzi años atrás: “Hacerse hombre de letras o hacer letras para los hombres”. La lectura de estas páginas permite dilucidar la cuestión. Aquí brota inexorable la ligazón entre arte y verdad, entre Justicia y Belleza, en definitiva la insoslayable confluencia entre Literatura y Revolución.

Norberto Galasso
(Texto de contratapa del libro)

Pablo Montanaro

Sobre Pablo Montanaro

Pablo Javier Montanaro nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, el 3 de julio de 1964. Desde fines de mayo de 2004 reside en la ciudad de Neuquén.
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