Construcción de la memoria

Conversaciones sobre dictadura y genocidio.

Educo
Neuquén, 2013

Este libro recopila entrevistas y notas realizadas por el periodista y escritor Pablo Montanaro a dirigentes de Derechos Humanos, abogados querellantes en juicios de lesa humanidad, fiscales, sociólogos, familiares de desaparecidos y sobrevivientes de centros clandestinos de detención, publicadas en el diario La Mañana de Neuquén entre 2008 y 2013.

Como dice el historiador Pablo Scatizza en el prólogo del libro, la virtud de este trabajo es que el entrevistador decide “des-centrarse, correrse del medio y poner de relieve las voces protagonistas de distintos momentos de este proceso constructivo”.

De esta manera se articular y complementan testimonios dolorosos, reflexiones analíticas, recuerdos militantes y revisiones críticas “de un pasado que no deja de doler”, como afirmó Scatizza.

Es que la memoria, según entiende Montanaro, es una construcción permanente basada en los recuerdos, historias, revisiones críticas, debates, discusiones y tensiones.

Nota peridística del programa Actividad Ciudadana

Comentarios

“Construcción de la memoria. Conversaciones sobre dictadura y genocidio” de Pablo Montanaro, Neuquén, Educo, Universidad Nacional del Comahue, 2013.

Para esta tarea, me propuse retomar, desde mi experiencia de lectura, las características centrales del texto y la configuración del autor en un texto particular como lo es la compilación de entrevistas. También voy a tomar la licencia de instalar, a partir de los asuntos que plantea el escritor, ciertos debates e interrogantes que me parecen pertinentes en el marco de los temas que se abordan.

-Desarrollo

1. Atributos del libro: a partir de la lectura de las distintas entrevistas que componen el libro, pude advertir algunos atributos que merecen una especial atención:

1.1.En primer lugar, este libro reúne la voz de una interesante multiplicidad de actores que convergen, todos ellos, en la preocupación por el problema de la memoria colectiva. Los entrevistados provienen de diversas inscripciones: desde militantes de organismos de DDHH, sociólogos, historiadores, investigadores hasta fiscales y abogados querellantes. Pero también están presente, de una manera notable, los sobrevivientes del genocidio y los familiares de los desaparecidos.

En esta descripción me interesa remarcar dos cuestiones: por un lado, el valor de la inclusión de la pluralidad de enfoques porque la complejidad del fenómeno de la violencia masiva aplicada por los perpetradores impone la necesidad de combatir el parcelamiento de la realidad entre las diferentes áreas de conocimiento y establecer, en cambio, una relación de diálogo entre ellas. En este libro el lector se encuentra con este diálogo fluido entre varios campos disciplinares cuya intersección radica en la cuestión del genocidio.

Por otro lado, me interesa remarcar la recuperación de la palabra de los sobrevivientes que plantea al autor, no sin cierta problematización. El testimonio de los sobrevivientes nos permitió conocer la excepcionalidad que regía los centros clandestinos de detención en todas las zonas militares de represión, en este sentido, son irremplazables. Pero la propia lógica del plan ideado por los perpetradores le coloca límites a esos testimonios.

Como dirá Agamben, “el testimonio vale, en lo esencial, por lo que falta en él; contiene en su centro mismo, algo que es intestimoniable”. Por lo tanto, los “verdaderos testigos”, los “testigos integrales” son los que no han testimoniado ni hubieran podido hacerlo nunca. En la experiencia argentina, los verdaderos testigos totales del genocidio son los desaparecidos, cuyo testimonio desapareció con ellos, cuyo derecho u obligación de testimoniar fue vedada (dirá Levi). De manera que los que lograron salvarse, son seudo-testigos que hablan en su lugar, por delegación: testimonian de un testimonio que falta. Entonces, en Argentina los testimonios –y las lagunas de lo intestimoniable– están atravesados por la singularidad del fenómeno de los desaparecidos.

Los testimonios tienen, por lo tanto, una doble condición: a la vez ineludibles para cualquier aproximación que se pretenda efectuar del plan de exterminio, pero también insuficientes para abordar la profundidad del plan pergeñado por los genocidas. Y allí es donde todas las demás voces cobran importancia en la tarea de reconstruir la verdad histórica, y donde se vuelve imperativa la participación de pluralidad de actores en la configuración del relato de verdad.

Otro tema sobre el que me interesa reflexionar es la carga de la víctima. Más allá de que reivindicamos el testimonio de los sobrevivientes como un elemento fundamental para construir memoria, me interesa problematizar la identidad de la víctima que siempre está atravesada por la herida en el relato. Una herida que se agravó, claro está, por el efecto de la impunidad. Pero es necesario pensar en formas de elaborar la experiencia traumática del genocidio, no sólo para las víctimas sino para la sociedad toda.

A las víctimas se les exige recordar. El derecho mismo les prohíbe olvidar. Tal vez pueda pensarse este punto como un fracaso del derecho –y no sólo del derecho– que garantizó 30 años de impunidad absoluta y hoy obliga a las víctimas a recordar y a re victimizarse.

Como dirá Todorov, existe también un derecho al olvido individual. Sucede que, como explica el filósofo francés, debido al totalitarismo y en especial a los campos de concentración, todo acto de reminiscencia fue percibido como un acto de oposición al poder. De ahí que el aprecio por la memoria y la recriminación del olvido se hayan extendido más allá de su contexto original. Sin embargo, recuperar el pasado no significa que éste deba regir el presente, sino que, por el contrario, consiste en poner el pasado al servicio del presente.

1.2.En segundo lugar, otra propiedad que posee el texto es que no reduce su campo al proceso de enjuiciamiento iniciado en 2008 en la región, sino que, por el contrario, toma a los juicios como un punto de partida para discutir y pensar el genocidio y sus consecuencias. De esta manera, deja en claro que los juicios penales son una forma más de abordar la violencia masiva impuesta desde el Estado, pero no la única y, probablemente, tampoco la más adecuada.

En este punto quiero detenerme especialmente porque se vincula a las formas de reconocer el pasado, esto es, a las memorias del pasado. La pregunta que se impone es: ¿cómo arreglárselas con el pasado traumático?. Históricamente, se han implementado varias formas de reconocer el pasado: comisiones de verdad, depuración, compensación, exposición pública de los perpetradores, negación criminal del pasado, conmemoración, homenajes, reconciliación y juicios criminales.

Ahora bien, los juicios criminales, más allá de resultar paradigmáticos desde el juzgamiento de la nazismo, son sólo una manera más de reconocer el pasado, más no la única, ni tal vez, como decía antes, la mejor.

En esta instancia me permito una digresión: este punto se vincula directamente con mi inscripción disciplinar, por ser quien les habla abogado, pero mi intención no es hacer una defensa del abordaje jurídico, sino más bien, evaluar sus potencialidades y marcar sus límites y sus deficiencias.

Conviene entonces, hacer un análisis de qué problemas presentan los juicios penales para lograr verdad y justicia:

  1. El tiempo: desde cuándo se comienza a juzgar, o la dificultad de encontrar un punto cero desde el cual comenzar a condenar. En nuestro país, se tomó la decisión de no investigar lo sucedido antes del golpe militar, la actuación de “las tres A” quedó excluida de los juicios, lo que denota la incomprensión de la justicia del propio proceso genocida porque la construcción del “otro negativo”, de la “alteridad negativa” no comienza a las 0 hora del 24 de marzo, sino que empezó mucho antes. La acumulación originaria del genocidio en Argentina se ubica más en el 73 que en el 76. Sin embargo, el recorte que hace la justicia, por supuesto, arbitrario, no permite abordar la totalidad del proyecto de exterminio.
  2. La cuestión de la autoridad y la obediencia que pone de manifiesto que el derecho penal, creado para la “resolución” de casos intersubjetivos tiene muchas dificultades para abordar la realidad de los crímenes masivos que se rigen con otra lógica. Para los que intervenimos en las instituciones judiciales con el objetivo de lograr verdad y justicia, representa todo un desafío hacer entender que no se puede analizar los crímenes de estado con el paradigma clásico del derecho penal que deviene obsoleto, inadecuado e insuficiente para el tratamiento de estos casos puesto que es el derecho el que debe adaptarse a la realidad y no al revés.
  3. En tercer lugar, otra problemática que enfrenta el derecho es la cuestión de la línea divisoria entre la perpetración y la complicidad. El dilema es cómo se sienta en el banquillo de los acusados a los cómplices civiles y económicos de la dictadura. Es decir, ¿cómo se hace responsables a todos aquellos que no solamente colaboraron en las acciones criminales, sino que además fueron beneficiarios de las políticas impuestas por los perpetradores?

En este punto, nuevamente el derecho pone de manifiesto sus límites: son muy pocos los imputados no-militares que han sido llevados a juicio en relación a los numerosos socios que han sabido tener los perpetradores. Podemos pensar en casos que involucran a empresas como Ledesma, Ford, Acindar, Techint o Mercedes Benz cuyos directivos deberían ser investigados por entregar trabajadores que luego fueron desaparecidos. También se puede pensar en las corporaciones patronales agropecuarias o industriales como la Sociedad Rural Argentina, las Confederaciones Rurales Argentinas, el Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires, los grandes prestamistas internacionales como el Citybank que colaboraron con el descomunal endeudamiento del país en ese período. Pero también es necesario pensar la responsabilidad de otras instituciones: la Iglesia católica que bendecía la represión, el poder judicial y sus jueces que cajoneaban los hábeas corpus de los familiares de los detenidos-desaparecidos y, así, garantizaban el accionar terrorista.

Me interesa instalar el siguiente interrogante: ¿hasta cuándo debe juzgarse? Y la pregunta más aterradora a la que quizás nos enfrentamos es: ¿hasta qué punto la sociedad misma se permite pensar en la responsabilidad que le cupo en el terrorismo de estado? (la cuestión de la responsabilidad moral en Jaspers). Vezzeti opina que la sociedad debe hacerse responsable no solamente por lo que activamente promovió y apoyó sino incluso por aquello que fue incapaz de evitar.

No digo que todo el mundo deba ser enjuiciado, buena parte de la sociedad debería ser sometida a proceso con este criterio, sino que mi intención es poner de resalto que el problema del genocidio en Argentina desborda absolutamente al derecho. El campo jurídico no agota el problema del genocidio, sino que la dimensión (la enormidad) del problema es tal que pone en tela de juicio al derecho mismo.

1.3.En tercer término, el libro posee la virtud de incorporar otros tópicos interesantes y novedosos que han comenzado a instalarse en la agenda del derecho local e internacional. En concreto, incluye entrevistas sobre la violencia hacia las mujeres como parte del plan de exterminio, la cuestión de la calificación del proceso como genocidio, las complicidades civiles de la dictadura, entre otros temas.

Dentro de esta novedosa agenda, me interesa detenerme en un asunto que no pasó inadvertido al autor: la calificación de genocidio.

En diferentes entrevistas aparece la preocupación del entrevistador para que su entrevistado se expida sobre la calificación del pasado dictatorial. Creo que ésta es una marca importante en el texto porque defiendo la idea de que los modos de calificar el pasado son claves para encarar los procesos de elaboración de la violencia masiva y sistemática implementada por el estado, procesos que son urgentes e imprescindibles.

La calificación del pasado como genocidio permite a las víctimas y a la sociedad trabajar en la elaboración de los efectos del terror en el conjunto del grupo nacional argentino. La elaboración involucra generar una acción crítica y éticamente responsable, cuyo objetivo es avanzar en un proceso de producción y reconstrucción del sentido que busca superar el pasado.

  1. Notas sobre el autor: en el texto se puede prefigurar también una idea de autor. En efecto, la intervención del autor es decisiva en la configuración narrativa del relato. Es decir, el autor también habla en este texto: interviene por ejemplo en la selección de los entrevistados y entrevistadas, en la elaboración del instrumento de análisis, en la evaluación de los alcances de las respuestas, en la selección del contenido y en la sistematización de las conversaciones. Admito entonces que, sobre la base de las entrevistas que componen el libro, se puede reconstruir el punto de vista del autor en relación al acontecimiento dictatorial.

Para finalizar, quiero retomar la cuestión de los juicios a los responsables de la dictadura y medir su alcance. Creo que los juicios son un espacio de construcción de memoria interesante, más allá de las críticas que efectué antes. Partiendo de Foucault el derecho puede ser visto como un discurso que produce verdad y genera penas, acción que repercute de modo directo e inmediato sobre los cuerpos. Esta doble ventaja del derecho, su carácter performativo y su capacidad de generar efectos sobre los cuerpos, lo vuelven un instrumento útil para reinstalar un debate necesario para nuestra sociedad y también un elemento reparador para las víctimas.

También el genocidio, como crimen de crímenes, permite advertir la dimensión del proceso de violencia masiva argentina y, por ende, reclamar las penas más altas de nuestro sistema jurídico para quienes han ofendido no sólo a víctimas individuales y grupales sino también a la humanidad misma.

El problema entonces no es concebir al derecho como un espacio en el cual tratar la violencia genocida y buscar en las instituciones de la justicia condenas a los responsables y construcción de verdad histórica, sino en creer que el derecho agota el problema de la memoria. La justicia revela entonces una doble naturaleza frente al fenómeno de exterminio, a la vez necesaria e insuficiente.

Para concluir, traigo a colación una cita de Raoul Vaneigem que sintetiza el problema: “las instituciones judiciales no alcanzan para combatir eficazmente los crímenes perpetrados contra la humanidad; y son necesarias en la medida en que señalan el punto de partida de una lucha más vasta, más coherente, contra la barbarie universal” (2012:34).

Juan Cruz Goñi
Abogado querellante de la Asamblea por los Derechos Humanos (APDH) de Neuquén en los juicios por delitos de lesa humanidad que se realizan en Neuquén.

Algunas palabras sobre la memoria y la resignificación

Ayer por la tarde volví sobre un cuento fabuloso, al cual vuelvo de vez en cuando. Creo que siempre es bueno volver sobre las cosas que nos gustan, y nos dan placer. Se trata de Funes, el memorioso, de J L Borges. Un cuento al que siempre le encuentro algo nuevo, lo que demuestra una y otra vez cuán lejos estoy de Funes, y de Borges. Para quienes no lo leyeron, sugiero su lectura. Mientras tanto, cabe tener en cuenta que Irineo Funes, el personaje que protagoniza el cuento, era un muchacho uruguayo que, luego de un accidente, se volvió capaz de memorizar todo, hasta el más mínimo detalle. Tanto, que recordar un día, le llevaba un día completo. Funes lo recordaba todo, a la perfección. Nada olvidaba, porque no podía hacerlo.

Esto, de por sí, nos daría tela para cortar durante largo rato, como por ejemplo la cuestión del olvido, que es tan importante también al momento de recordar. Tengamos en cuenta que nosotros, fuera de la ficción, somos capaces de recordar ciertas cosas porque somos capaces de olvidar otras, si no, sería imposible hacerlo. Y sería imposible pensar. En palabras del propio Borges, “pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”.

Pero más allá de eso, lo que me interesó traer aquí al leer el cuento, fue la siguiente frase dicha por el propio Irineo, citando a Plinio el Viejo, en latín, en un momento en que se encuentra con el narador del relato. Y pido perdón por el atrevimiento con este idioma que no manejo en absoluto: dijo Irineo, entonces: “ut nihil non iisdem verbis readeretur auditum”. Como podrán imaginar, no tenía la más mínima idea qué significaba, hasta que lo googleé. Y quiere decir que “Nada de lo que se ha oído es recordado con las mismas palabras”, o bien “nada de lo que ha sido oído puede ser repetido con las mismas palabras.

Y me quedé pensando en esa frase, en Funes, en la memoria y en el olvido. Y en el libro de Pablo. En la imposibilidad de recordar las cosas tal cual fueron, de la misma manera en que las vivimos o con las mismas palabras con las cuales nos las transmitieron, y en cómo resignificamos y que palabras usamos al intentar reproducir los recuerdos que nos llegan.

La memoria, lo sabemos, es una construcción. Es un ejercicio que se obliga permanente, para seguir existiendo. Claro que no podemos recordar todo. Bien porque optamos por no recordarlo, bien porque el olvido es más fuerte y nos hunde en él. Y ahí es cuando se vuelven necesarios los trabajos por la memoria, para decirlo según la idea propuesta por la historiadora Elizabeth Jelín. Trabajos de los cuales las Madres, Hijos, la APDH saben por demás como llevarlo a cabo, y en los cuales libros como estos son fundamentales. Porque nos interpelan a resignificar la memoria del genocidio, desde distintos ángulos y bajo distintas perspectivas. Nos empuja a pensar; y a ser capaces de seguir construyendo la memoria de aquel pasado tan doloroso, si bien con nuevas palabras, casi sin dudas con el mismo dolor.

El libro de Pablo tiene esa doble virtud. Entre otras, seguramente. La de aportar a los trabajos por la memoria, y empujarnos a pensar. La brevedad de las entrevistas nos dejan con ganas de saber más, la variedad de teclas que acciona en torno al gran tema de la última dictadura militar y los juicios a algunos de sus responsables, nos motiva a reflexionar sobre diferentes aristas y a tener presente la multiplicidad de matices que lo componen. Y la variedad de voces que hace hablar a lo largo de todo el escrito deja en claro que no somos pocos los preocupados por que esta memoria tan necesaria, se siga construyendo.

Festejo, entonces, un libro como este. No abundan trabajos de este tipo, y son muy necesarios. Parafraseando al historiador Yosef Yerushalmi, a quien evoco en el prólogo, “un pueblo jamás puede olvidar, lo que antes no recibió”. Y en este sentido, este trabajo es un engranaje más en esa cadena de transmisión de la memoria al “pueblo del futuro”. Ello, no nos garantiza que no vayan a olvidar, pero por lo menos podemos estar seguros que a medida que se sigan multiplicando trabajos de este tipo, y aunque sea con otras palabras -como dijo Plinio-, a esa memoria, o a esas memorias, las van a recibir.

Pablo Scatizza
(Historiador)

Una especie de (innecesario) prólogo

El historiador Yosef Yerushalmi escribió una vez que “lo que llamamos olvido en el sentido colectivo aparece cuando ciertos grupos humanos no logran –voluntaria o pasivamente, por rechazo, indiferencia o dolencia, o bien a causa de alguna catástrofe que interrumpió el curso de los días y las cosas- transmitir a la posteridad lo que aprendieron del pasado”[1]. Y ajustaba aún más esta idea, al decir que es indispensable que se produzca un doble movimiento de recepción y transmisión de la memoria, para que esta perviva y se reconstruya permanentemente. Que cuando la generación poseedora del pasado no lo transmite a la siguiente, o cuando ésta rechaza lo que recibió o cesa de transmitirlo, el olvido avanza. Y eso es así, decía Yerushalmi, porque “un pueblo jamás puede olvidar lo que antes no recibió”.

El hombre sabía lo que decía. Había dedicado su vida entera a historiar y reflexionar sobre el pueblo judío y su memoria, especialmente en torno a la Shoáy el genocidio perpetrado por los nazi. Y fue esa imagen del movimiento dual de recepción y transmisión la que apareció en mi mente al leer el borrador de este nuevo libro de Pablo Montanaro. Para ser más sincero, la imagen fue la de un aceite: vislumbré inmediatamente al libro como uno de los imprescindibles lubricantes que deben existir entre dos engranajes, para evitar que el mecanismo se estropee y el movimiento dual se detenga. Y es esta una gran virtud que posee el libro que hoy el lector o la lectora tiene en sus manos: dejar constancia de ciertos y determinados elementos que hacen (y harán) que el movimiento de recepción y transmisión de la memoria no pierda su dinámica; que no se interrumpa por falta de información o de análisis, y que diferentes aspectos de lo que resultó ser un verdadero genocidio no caigan en el olvido. Una virtud que comparte con muchas otras acciones que organismos de derechos humanos, militantes y actores comprometidos con la memoria de aquellos años siniestros vienen realizando en la Norpatagonia desde hace más de treinta años.

Pero no creo, sin embargo, que la memoria sea algo que se reciba o transmita sin más. Menos aún aquella referida a un pasado tan presente como lo es para nosotros la relacionada con la última dictadura cívica y militar. La memoria, en este caso -aunque no niego que también lo sea para los judíos y su Shoá– es una construcción permanente. No es “algo” que flota en el aire y las personas toman a su antojo como si trataran de cazar mariposas. Se construye y reconstruye en medio -y como parte- de aquel movimiento dual del que hablaba Yerushalmi; y que básicamente se encuentra conformado por recuerdos, historias y sus necesarias revisiones críticas; por debates, discusiones y sus inevitables tensiones. Por la militancia y su lucha inclaudicable.

Y en esta construcción/reconstrucción también se vuelve fundamental un libro como éste; un trabajo en que el autor decide des-centrarse, correrse del medio y poner de relieve las voces protagonistas de distintos momentos de este proceso constructivo. Una compilación que logra articular testimonios dolorosos, reflexiones analíticas, recuerdos militantes y revisiones críticas de un pasado que no deja de doler. Que deja puertas abiertas a la discusión, especialmente por la brevedad de los textos y el sesgo propio de su origen periodístico, y que en definitiva nos invita a buscar más información, más debate y más reflexión, para así retroalimentar este mecanismo en el que la memoria se recibe como parte de una construcción, y se transmite en medio de un proceso reconstructivo cuyo cese no debiéramos permitir que suceda.

Pablo Scatizza
(Historiador e integrante de la cátedra Teoría de la Historia en la Universidad Nacional del Comahue)
Neuquén, otoño de 2013

1. Yosef Yerushalmi, “Reflexiones sobre el olvido”, en Usos del olvido, Buenos Aires, Nueva Visión, 1989. p. 18.

Reseña del abogado especialista en derechos humano, Martín Avila(*), sobre el libro “Construcción de la memoria. Conversaciones sobre dictadura y genocidio” de Pablo Montanaro.
(Fragmento publicado en la Revista Derechos Humanos del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, Número 6 de septiembre de 2014, Ediciones Infojus).

Lo decía el sobreviviente del Operativo Cutral Co, Pedro Maidana, en esta misma obra “aquello que no se institucionaliza, lo que no se educa, puede volver a repetirse, por eso creo que hay que profundizar este tema en las escuelas y en todos los ámbitos donde se trate el tema”.

El autor, Pablo Montanaro, sin dudas ha realizado un enorme trabajo digno de destacar, desde la conceptualización hasta la recopilación de testimonios y su posterior clasificación. “Construcción de la memoria” logra poner en testimonios de vida el accionar del terrorismo de Estado que funcionó en nuestro país y que dejó 30.000 víctimas, una generación diezmada, y el enorme desafío de construir desde la memoria activa un futuro con justicia y sin las atrocidades que produce el terrorismo de Estado.

El autor se sitúa en Neuquén y recoge el relato de diferentes actores y sobrevivientes del horror que pudieron dar ese testimonio que sirvió para la construcción de la verdad y de la memoria, para la obtención de la justicia.

Hannah Arendt decía que “somos incapaces de perdonar aquello que no podemos castigar e incapaces de castigar aquello que se ha vuelto imperdonable”, sin dudas que el camino es la justicia, su exigencia desde la construcción de la memoria y la verdad.

El autor busca en sus conversaciones sobre genocidios reconstruir la memoria histórica de los juicios por violaciones a los derechos humanos de Neuquén a través de relatos y entrevistas breves pero profundos, con conceptos claros imposible de no destacar.

En todos estos testimonios se reconstruye una historia de mucho dolor, la historia del accionar del terrorismo de Estado en Argentina, con torturas, vejámenes, desapariciones forzadas y apropiaciones de bebés. En cada juicio que se lleva adelante, se busca la verdad histórica y justicia con memoria, algunos cuestionan los más de 30 años que debieron pasar para hacer estos juicios, diciendo que justicia tardía no es justicia. Pero afirmar eso implica desconocer el proceso histórico que como país debimos afrontar para llegar a los juicios, la exigencia de justicia de los organismos de derechos humanos sin hacer jamás justicia por mano propia y la reconstrucción de la memoria que permitió la destrucción del cepo de la impunidad. Decía siempre Eduardo Luis Duhalde, “justicia tardía antes que injusticia eterna”.

En definitiva, la obra reseñada tiene muchas virtudes, nos coloca en plena conversación sobre el genocidio con victimas, sobrevivientes, fiscales, catedráticos y demás actores de juicios que investigan violaciones a los derechos humanos en Neuquén; nos permite conceptualizar sus efectos y el daño que le hizo a la sociedad toda y, por último, nos incorpora la verdad histórica y la importancia de saber que aquello que se olvide, se repetirá.

Argentina hoy es un ejemplo mundial en política de derechos humanos, porque puso en un primer plano la política de verdad, memoria y justicia; en cada provincia hay un banquillo para aquellos que convirtieron las instituciones del Estado en instituciones del terror, aliviando poco a poco la exigencia de justicia, única forma de dar vuelta la página.

(*) Martín Avila fue querellante de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación en distintas causas en que se investigaba violaciones a los derechos humanos cometidas en Salta y Jujuy.

Pablo Montanaro

Sobre Pablo Montanaro

Pablo Javier Montanaro nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, el 3 de julio de 1964. Desde fines de mayo de 2004 reside en la ciudad de Neuquén.
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