Ediciones La Luna Que
Buenos Aires, 2000

Comentarios

La materia fundante que nutre las composiciones de este nuevo libro de Pablo Montanaro, está constituida desde las vivencias que la voz poética recoge del mundo circundante, de la vida del hombre; elementos que cobran conciencia y son registro, como un eco de profundas resonancias, porque nos atañen, nos involucran de manera personal, merced a la palabra que deviene en vehículo expresivo. Dos grandes líneas se perfilan nítidas en el discurso, y van entrelazándose, con sus respectivos campos semánticos: el quehacer poético en sí, como obrante poderoso y estabilizador que sostiene y da el mayor grado de significación y valor a la existencia, y el amor, como fuerza que otorga sentido pleno a los hechos del diario vivir, enfrentados ellos a los riesgos de producirse en un mundo donde el ser humano se halla en estado de indefensión, desprotegido: “…el poeta es un cuerpo que se ilumina/ una imagen que surge y regresa esencial” (IX). “Una imagen nueva” ante “el mundo triste/ posible/” (que) “distribuye sus miserias/ en trenes semivacíos/ en bares poblados de noctámbulos” (VII). Una actitud positiva rodea, semejante a un contexto, la palabra del poeta: ambos núcleos primarios de contenido poseen una orientación salvífica -podría decirse- que se adensa desde ciertos poemas, en rescate de la íntima relación poesía-vida: “…el espíritu del poema es el triunfo definitivo” (Esplendores). La tarea del creador es una vía de apertura percibida como oficio de buceador (el descenso a los abismo, de Rilke): “el poema desciende al profundo laberinto/ pero regresa/ desata su infinitud” (II). La poesía es la “dulce cantora”, la que lucha y “se anima/ sigue cantando”. El uso del gerundio ayuda a la idea de movimiento permanente, del estar haciéndose, tan caro al término Poesía. Subyace en el conjunto, una intensidad de presencia, que se realza con algunos vocablos-base: latido, esperanza, ternura, tiempo, silencio, noche, luz-visión-contraste (y todo un espacio que refiere a ella, siempre en el orden de una economía riquísima por el despojamiento que manifiesta). La poesía de Pablo Montanaro se edifica a partir de una mirada cuyo centro es la ternura pero no la ternura ingenua, sino aquélla aguda, que se despierta por la aceptación de nuestra realidad de “andantes” -caminantes que indefectible y también afortunadamente, somos.

Nora Didier de Iungman
Gente de Letras, número 4, diciembre de 2001

Extrema sensibilidad y delicadeza, un trato gentil para con las palabras y la aproximación a lo posible, a lo deseado, desde un lugar de lenguaje que no desdeña el enigma y asume con algo de perplejidad y modestia, la épica de lo cotidiano.

Montanaro parece haber hallado un equilibrio entre el expresar poéticamente y la realidad del hombre que duda, aún desde la afirmación. Y cito: “en las penumbras se suspira/ y no se duerme sin encontrar/ alguna certeza” o “el único fulgor/ es la luz donde hemos de vivir”. Sin embargo es un libro definitivamente optimista. Es la poesía de una criatura poseída por la esperanza.

Andante muestra una estructura sólida, que fluctúa sin derrumbes, entre la presencia de lo perdurable y la extrema fragilidad del ser humano. Un universo de palabras transparentes. Tanto, que parecieran estar a merced de cualquier sacudón intenso. Pero es en esa delicada apariencia donde Montanaro se afirma como poeta y obtiene de las palabras, aquellas respuestas nacida de su inquietud estética y existencial. Dice “nada hay más eterno/ que este latido/ en la contemplación/ de lo buscado”. Y, vuelvo a citar: “y todo perdura/ hasta las estrellas serenas”. En suma, Andante no pide un lector sensible. Lo crea.

Graciela Zanini
La Guacha, agosto de 2001.

“De Andante me ha gustado la fuerza de su lenguaje, que convoca, sin propósito narrativo, hechos y cosas. Es una puesta en acto de sitios en los habla la poesía y a través de los cuales tu voz se hace reconocible hasta conformar un escenario de vida. ¿Acaso hay propósito para la poesía?”.

Rafael Felipe Oteriño
(poeta argentino)

“Sabés que tu poesía me gusta, me interesa, que la considero entre las más auténticas y valiosas escritas por los poetas de tu generación. Andante confirma mi juicio. Te noto, desde los puntos de vista formal y conceptual, más depurado. Tus poemas están hechos de atisbos, reflexiones y sutilezas acerca del sentido de la vida y de la escritura. Tengo para mí que la función del poeta no es dar respuestas sino alumbrar algunas preguntas: “¿cómo cambiar la vida?”, “¿dónde mirar?”, “¿cómo aprender a morir?” y descubrir para el lector presencias misteriosas y frecuentemente desatendidas como “el olor de la lluvia”, “el latido del mar” o “la permanencia del perfume”, así como señalar, también, por qué no, lo terrible: “poseída por los gritos de la capital del dolor”. Versos que son señales, testimonios de un espíritu que ausculta la vida, la interroga, la sufre y la ama; que no se limita a pasar por ella como tantos y tantos. Yo creo que el poeta, a pesar de todo, es un ser condenado a la felicidad. No hay mayor felicidad que la de crear, convertir perplejidades e intuiciones en nuevas realidades verbales. Como bien decís: “en el silencio/ el poema/ sostiene la esperanza”.

Antonio Requeni
(Poeta y periodista argentino)

El libro Andante es un texto donde se destaca una observación detallada. Las imágenes viajan hacia el lector desde un horizonte que lo contempla: “desde una ventana recuerda las enormes voces/ como un mar de fondo/ (…) el espíritu del poema es el triunfo definitivo/ delicadamente el viento/ testimonia el presente”.

En esta primer parte el poeta alude constantemente al hecho mismo de la escritura. Una escritura que no está hecha sólo de palabras, sino de recuerdos, de asombros y dolor.

Transita los riesgos propios de todo aquél que intenta crear. Desciende a profundos laberintos y hacia lo interior al verbo: “el poema desciende al profundo laberinto/ pero regresa/ desata su infinitud”. Avizora lo mínimo y recrea una visión del mundo “escribo unos pocos poemas/ como si tratase de describir/ el olor a lluvia/ el latido del mar”.

En la segunda parte de este libro se destacan las palabras que mencionan la luminosidad, territorio propio de la creación: “El único fulgor/es la luz donde hemos de vivir”. Las penumbras y el tenue reflejo de la luz son los hilos que el poeta trenza para urdir la trama que junto con los sentidos le permiten una constante indagación sobre la creación: “¿y la creación?/ ¿el poder de la creación?/ el final de un poeta/ ahogado/ en su escritura”.

En la tercera parte, el tiempo, junto a la palabra, son los elementos con los cuales el poeta busca los escenarios secretos que intuye en los lugares tangibles y en los espacios etéreos: “contra el lenguaje del silencio/ el tiempo continúa su apuesta/ a la infinitud”.

El amor está plasmado como parte de un paisaje ideal que sólo puede tocar el poeta con lo sagrado de su voz: “bajo el aire azul/ una mujer/ quiebra el reflejo del deseo”.

En la cuarta parte el poeta logra una armonía con los tonos de las partes anteriores (el sentido de la creación, el recuerdo, el olvido, lo eterno) sostenidos por una melodía esencial: la contemplación: “nada hay más eterno/ que este latido/ en la contemplación/ de lo buscado”.

En la quinta parte, que concluye este texto, las imágenes oníricas y los derroteros de la vigilia son las herramientas válidas para acceder a vislumbrar lo eterno: “el espejismo de una historia/ tatuada en poemas escritos/ para no morir”.

Pablo Montanaro logra una composición poética con un lenguaje preciso, una voz que apuesta a la vitalidad de la palabra y el asombro de la creación.

Adrián Gale
Generación Abierta a la Cultura, diciembre 2002.

Andante es el quinto libro de poemas de Pablo Montanaro. Tal vez con la manifiesta intención del continuun linguae que -como todos sabemos- tanto atormentaba a Demócrito, estos poemas ensayan una forma concreta de concebir la poesía, una marca de representación escénica donde ésta casi siempre participa como actriz que atraviesa, transversalmente y con aire de estudiada languidez, la función a la que hemos sido convocados. ¿Es posible el artilugio de tal mise en scène? En ese afán transcurren los más de cuarenta trabajados poemas que componen el libro. Sirva como casus belli: “donde mirar/ se pregunta el poeta/ para que nos devuelvan la vida/ o en qué lugar aprender a morir/ de furias y esperanzas”. La eficacia del libro descansa en lo pulido y certero del lenguaje, en el neuma del decir conciso, el celebrado epítome, en la precisión de la métrica, ahí encuentra su fortaleza, “regresa la tarde con sus voces/ y el mundo en la borra del café/ escribo unos pocos poemas/ como si tratase de describir/ el olor a lluvia/ el latido del mar”. Esto que puntualmente algunos llaman el canon de la poiesis aparece con seguridad en estos textos “en la callada sed/ los besos/ descubren el enigma/ y la evocación de ilusionarse/ con el tiempo/ con la música”. Atento a no conculcar fácilmente con los modernos becerros de oro el poeta anuncia al vacío: “testigos del tiempo/ contemplando las derrotas del mundo/ qué madrugadas serán las evocadas/ por esos hombres/ que, como siluetas desterradas,/ conversan en medio de la noche”. Así, invocando a Jonófanes -el guerrero valiente- quien habría acuciado amenazadoramente a sus compañeros de sitio, que vacilaban entre avanzar o desertar, “frente a toda realidad/ resplandor de los mares/ señales únicas del mundo”.

Ricardo Rojas Ayrala
Revista Rollos del mal muerto

“Los poemas de Andante acunan, desde lo reflexivo y sin intención de sentencia, la lírica de un corazón lleno de sustancia y vitalidad, y la suavidad, la cadencia, de un metro fónico que en la presentación verbal nos recuerda a las composiciones poéticas orientales, en las que la mirada del cantor tiene una perfecta correspondencia entre tiempo, velocidad y templanza. Andante es un mensaje de amor atravesando el paisaje sereno del juicio y la sensatez con la voz que enmarca la fragilidad de las palabras y se entrega con destreza a la certera visión de un universo natural, único e imperecedero”.

Ricardo Rubio
(Texto de contratapa del libro)

Pablo Montanaro

Sobre Pablo Montanaro

Pablo Javier Montanaro nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, el 3 de julio de 1964. Desde fines de mayo de 2004 reside en la ciudad de Neuquén.
Leer más...

Últimos trabajos

Contactarse

Volver a arriba